Ojalá fijáramos la brisa, o quedara grabada la emoción, o hubiéramos podido sujetar la luz a la palabra; pero luz, emoción, brisa se acurrucan apenas a los pies del poema, besan su frente y enseguida rompen sus lazos, libres. Quedan las huellas que la poesía nos lega cuando camina sobre la disímil materialidad del lenguaje. Nosotros, apalabrados, seguiremos en un viaje vital dentro de la certidumbre de aquello que nos elude. El tiempo se encargará de lo que quede

sábado, 4 de mayo de 2013

La alegre certidumbre



Junto a la bicicleta verde que la incitaba con su guiño para que se vayan a dar otra vueltita a la manzana, de niña jugó con las lombrices.
Las mitades marrones reptaban sobre una mano asombrada; los ojos bien abiertos de la niña descubrían la resistencia: renacer desde un pedazo de sí.
Pasaron varios departamentos solitarios, cada uno legó un descubrimiento: en las macetas no entran lombrices; no era hábil para contactarse con la  fauna urbana; y así.
Un jardín de helada tierra, yerta tras los pisotones de la historia, había barrido toda semilla. Sólo dos árboles sobrevivían.
Las manos creyeron en el agua, entibiaron la fragilidad de las hojas caídas, crearon humus con los ojos bien abiertos. Y esperaron.
Un gorrión descendió al suelo en busca de comida.
Había vuelto la lombriz a la esquina del baldío.
Con
ella traía la alegre certidumbre.
 
 

 
 
 
 

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